Hace unas semanas, mi hijo Yago cumplió un año. Además de estar locos de alegría, porque está precioso, sano y es un niño muy risueño (aunque también un poco trasto), quería compartir con vosotros algo que me ha dejado con la boca abierta.
Y es que, de repente, me he encontrado con lo que yo llamo “la barrera del año y el botón invisible”. Esta frase puede parecer el título de un libro o de un estudio científico. Pero, no. Es algo mucho más sencillo. No es otra cosa que una simple reflexión de madre primeriza.
Al cumplir el año, es como si un dispositivo se activara en el bebé, para convertirlo en niño, de repente. 


Hasta hace un mes, mi bebé sólo podía hacer y comer cosas concretas, había que tener mucho cuidado con todo, y en ocasiones, protegerlo hasta el extremo, como si estuviera en una urna de cristal. Y más,  si te ocurre como a mí,  que por ser madre primeriza y por mi forma de ser, he seguido las indicaciones del pediatra al pie de la letra, y he pecado más por exceso que por defecto.
Cuando el bebé nace, todos estaremos de acuerdo, en que es tan frágil, que hay que ser extremadamente cuidadoso y toda la atención es poca. Son tan pequeños que parece que, a la mínima, los puedes lastimar sin querer.
Van pasando los meses, y vamos incorporando una serie de hábitos nutricionales,  de higiene y de comportamiento, que normalmente se resumen en una hoja que te da el pediatra, cuando vas a consulta.
Como buena madre primeriza, te lees varias veces todo. Sigues todas recomendaciones del pediatra. Dudas continuamente y recurres a las madres experimentadas. Te empapas de información en libros, blogs y revistas de bebés. Esterilizas biberones, tetinas, juguetes y la casa entera, si hace falta. Lavas la ropa del bebé con un detergente específico para que no pueda sufrir alergias. Y así podría seguir hasta mañana, con una lista interminable de cosas… Pero no os quiero aburrir,  y éstas son suficientes para imaginarse la situación.
Pero la cuestión aquí es, que después de haber tenido al bebe doce meses casi dentro de una burbuja, con miedo a todo, con protección extrema, y  sintiéndote  “mala madre” el día que pusiste más cantidad de huevo en el puré sin darte cuenta, o el día que se hizo su primer chichón por no estar demasiado atenta, resulta que la criatuta ha cumplido un año y ya tienes “cancha libre”.

De repente, el bebé ya puede comer y hacer de todo, e integrarse en las rutinas familiares.
Ya ha superado la barrera del año y hemos pulsado el botón invisible, sin darnos cuenta. El dispositivo se ha puesto en marcha. ¡Adiós, mi pequeño y frágil bebé! ¡Bienvenido, mi niño mayor!
¿Es necesario dar un cambio tan brusco? ¿No sería mejor un término medio? ¿Por qué el bebé de once meses y medio no puede ni oler una gamba, y el bebé de un año puede comerlas sin problema? ¿Qué tal un cambio gradual y progresivo desde los nueve a los trece meses? En conclusión, no me parece muy coherente tratar a un bebé de once meses como si tuviera tres, o a uno de un año como si tuviese dos. Ante todo, considero que debe primar el sentido común, que hay que hacer las cosas con un poquito más de naturalidad, y por supuesto, tener en cuenta que cada niño es diferente. Por ello, que cada uno active su dispositivo y pulse el botón cuando se sienta preparado.
Te animo a leer nuestras reflexiones, trucos e ideas en la sección de maternidad creativa.
¡Un saludo!

 

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